Cinco años sin escuchar. Y el regreso.
Cuando tenía 15 años perdí la audición y me alejé del mundo que conocía. Me daba ansiedad ir a un cumpleaños o tener que hablar con alguien que no conocía. Dejé de jugar al básquet porque no escuchaba al entrenador ni entendía quién y dónde me pedían la pelota. En la secundaria, los trabajos grupales los hacía solo.
En 2020, lo que para muchos fue duro, para mí fue alivio. La cuarentena me alejó de las personas y, por ende, de mi hipoacusia. El problema fue cuando volvimos a la normalidad. Caí anímicamente. Encontré en Google un implante auditivo que según yo me podía servir. Me devolvió la esperanza.
Un año después recuperé mi vida y mi sonrisa.
La discapacidad no se cura, sino que se acepta. Y aceptarla cambió todo.
Cuando me implantaron, no encontré experiencias de personas reales, así que empecé a compartir la mía en redes sociales. Los médicos empezaron a recomendar mis videos. Un día me hice viral. Lluvia de comentarios y mensajes que se transformaron en conversaciones. Me di cuenta de que no estaba solo, que no era el único.
Algunos mensajes se transformaron en cafés con quienes perdían la audición, o con familias cuyos hijos nacían sordos. A veces eran 3 a 6 horas de café. No pude sostener el uno a uno con tantas personas, así que convoqué a un parque. Vinieron 20. Después 36, 45, 69... 473 personas vinieron presencialmente a un parque a compartir su historia.
Con esas 473 personas canalizamos eso en crear una fundación — y así nace CASACUSIA, la casa para personas con hipoacusia, donde nadie transita la discapacidad en soledad.
Hoy mi día a día está dividido entre la fundación, las organizaciones que me invitan a dar espacios de reflexión, lo que escribo, lo que pinto, y la vida.



















